jueves, 8 de diciembre de 2011

El poder del apellido

“El Poder del Apellido”

           Cuando hablamos del apellido nos referimos a la forma de identificar a una persona.  Desde pequeños se nos enseña que la pureza entre familias va más allá si el apellido proviene de una familia culta y adinerada. En tiempos de nuestros abuelos (as) lo que marcaba el patrimonio familiar era que la femenina fuera casada con el hombre culto de la ciudad con  apellido eminente. Orgullosos nuestros ancestros de que la joven se casaba con una persona que ostentaba de un apellido culto, olvidando de que la joven no le interesaba y más aun excluyendo el hecho de casarse con alguien con apellido distinguido, no significa que deje ser un humano. Un ser humano capaz de fallar en cualquier momento de la vida. Pero cuando llega ese momento hay quienes olvidan que el peso de la ley no mide apellidos, raza, sexo o condición social.  Claro que si la persona a enjuiciar proviene de una familia común la ley lo castiga con prueba o sin prueba. En cambio, cuando es un apellido linajudo se lleva un proceso minucioso. El mismo debe ser uno muy detallado, que incluye el no señalar a nadie hasta tanto se recopilen las evidencias necesarias que incumplen al cometido. Es en esta parte que la ley no es igualada y utiliza la misma estrategia de nuestros antepasados. Si bien es cierto, el hecho de llevar un apellido distinguido no hace a la persona mejor o peor que otra. Somos seres con miles de virtudes y defectos que en ocasiones al enfrentarnos a situaciones reales podemos fracasar. En el momento que esto pase debemos ser consientes que un apellido no nos ayuda en el error cometido. Que el apellido es el sentido que  damos a nuestras familias para ser diferenciados de otras.  Lo que si nos puede salvar de cualquier situación es enfrentarnos a tal acción y ser honestos. No con aquel que nos enjuicia, señala, comenta, sino con nosotros. Comprender que el apellido es una etiqueta que nos hace diferente del resto de la población, pero no poderosos. Esto no exime el hecho de que seamos señalados si cometemos algún acto delictivo. Si se cometió una falta, se debe dejar a un lado el poder del apellido. ¿Fallaste?, pues entonces asume el rol de responsabilidad.  Y ¿por qué dar prioridad al apellido o  a la clase social?  ¿A acaso  no somos lo suficientemente seguros de quienes somos? ¿Por qué no asumir nuestros actos con responsabilidad? ¿A qué le tememos? Preguntas como estas son difíciles de responder. Porque sencillamente hay quienes se preocupan por el que dirá de la gente. A ellos les importa más caminar erguido con el apellido que no se ve a menos que se le pregunte que enfrentar la realidad de la vida. Pero lo que debemos tener en cuenta es que con apellido o sin apellido Dios en su perfección nos brinda la “conciencia”. Esa voz que nos habla silenciosamente que nos juega al escondite por ratito, pero que luego regresa y nos reclama. Esa voz que cuando estamos a solas, sale, se hace sentir, sin la oportunidad de escondernos aunque sea debajo de la cama. Sin poder decirle: ¡Soy de apellido fino a mí no me vas a asustar! Porque la conciencia no mide la calidad del apellido con que cuentas, sino la responsabilidad que debemos tomar por nuestras faltas. Es la conciencia a la que no podemos engañar con apellido distinguido. La conciencia es la que se define como el lazo de unión con Dios aunque en ocasiones se nos olvida que hay un ser supremo. Finalmente, el apellido no puede salvar a nadie del mal cometido. Porque la conciencia no es capaz de entender que al apellido no se juzga, ni se le otorga justicia. Solo  entiende que a quien se enjuicia es al ser humano cuando ha cometido una falta en sociedad con apellido o sin apellido.

Por: Edlyn M. Chévere Stuart
12/15/2010.